Algo parecido a la apología del delito
EXPERTOS ANALIZAN EL INSOLITO BROTE SOCIAL EN RECLAMO DE LA PENA DE MUERTE
EXPERTOS ANALIZAN EL INSOLITO BROTE SOCIAL EN RECLAMO DE LA PENA DE MUERTE
–Bueno, usted es investigador del Conicet, matemático de la Universidad de Ciencias Físico Matemáticas y Naturales de la Universidad de San Luis y director del Instituto de Matemática Aplicada. Cuénteme primero qué es ese instituto que usted dirige.
–Es un instituto creado por un convenio entre la universidad y el Conicet hace casi 26 años.
–¿Y qué se investiga?
–Hay cuatro grandes proyectos teóricos (uno un poco más aplicado): dos de matemática y dos de física. El proyecto que yo dirijo se centra en la teoría de juegos.
–Entonces hábleme de teoría de juegos.
–Un modelo matemático que estudia todas las situaciones de conflicto, donde hay que tomar decisiones y la decisión de la otra persona influye en el resultado. En general, nuestra fuente de modelos y ejemplos es la economía. La teoría de juegos ha tomado ya un conocimiento bastante popular por la película Una mente brillante, que cuenta la historia de un matemático, Nash, que incursionó en la economía resolviendo problemas que habían resultado irresolubles hasta el momento. Junto a Morgenstein, son considerados los padres de esta disciplina.
–Bueno, y ¿cuáles son los problemas que encaran ustedes?
–Uno de ellos es el problema de asignación bilateral. Uno tiene dos conjuntos de agentes que deben decidir y deben asignarse unos con otros. El ejemplo típico está en el ingreso a las universidades europeas. Allí, cada estudiante tiene una nota que hace que la universidad tenga un ranking, y de acuerdo con ese ranking se define qué carreras pueden hacer y en qué universidad pueden estudiar (para que no se superen los cupos). Entre estudiantes y universidad hay que hacer la mejor asignación posible. Estos problemas surgieron con las residencias de los médicos en Estados Unidos: los hospitales quieren residentes porque son mano de obra barata y, a su vez, los residentes quieren ir al mejor hospital porque eso va a condicionar su futuro. Esta gama de la matemática-economía últimamente se está aplicando en las listas de asignación de trasplantes de riñón, en Estados Unidos, que admite donantes vivos. Cada riñón tiene diferentes compatibilidades con las personas, y de acuerdo con ellas se establecen órdenes. Hay un método para asignar a cada donante alguien que admite ese riñón. Y es un sistema muy complicado, porque muchas veces hay familiares que quieren donar a su propio familiar, pero no son compatibles. Entonces este familiar se ofrece a donar su riñón si su familiar recibe un riñón a cambio:a cada paciente un riñón.
–¿Y estos sistemas se usan?
–Sí, en Estados Unidos, por ejemplo, para lo que le venía contando. Como le dije, esto surgió con los médicos residentes. Se le pidió a un investigador (que todavía vive) que centralizara la asignación entre médicos residentes y hospitales, porque la sociedad médica lo veía como un caos total. Y cada vez se complicaba más, porque los hospitales se peleaban entre sí para conseguir residentes. Se necesitaba una nueva metodología para que no pudiera pasar que un estudiante que fuera enviado a un hospital se tuviera que cambiar a otro porque no lo conformaba. De ahí surgió el tema.
–¿Y para los trasplantes de riñón?
–Es muy nuevo el problema, pero se está investigando. El mismo investigador, Alvin Roth, está tratando de solucionarlo.
–¿Ustedes trabajan estos mismos problemas?
–Bueno, tal vez en un plano más teórico, que es un paso previo a su aplicación práctica. Muchas veces, cuando surgen los problemas, se diseñan para explicar situaciones. Cuando uno las puede entender, puede incorporar metodología para mejorar el sistema. En este momento yo tengo un profesor visitante español que ha hecho aportes al sistema de asignación alumnos-universidades en España. No es que él lo haya diseñado, pero muchos investigadores proponen mejorar la tecnología.
–Porque cada problema genera problemas periféricos.
–Claro. Además, en cada universidad el problema es distinto. Un muchacho de nuestro grupo, por ejemplo, utilizó esta problemática para pensar en la relación profesores-aulas en una universidad de Río Cuarto. Por suerte, es un método que no supone un gran riesgo (no es como el caso de los riñones). Pero, como le decía, nuestra investigación se da en un plano teórico.
–Claro, lo que pasa es que, en cierta medida, todo aquel que estudia teoría de juegos tiene en la cabeza situaciones del orden de lo práctico.
–Sí...
–¿Hay algo más que me quiera contar?
–Un poquito de historia, tal vez. Nuestro instituto nace hace algo más de 25 años, con Ziomarchi, que se doctoró en San Luis con el director de tesis de Selten (uno de los premios Nobel de Economía). El fue a Princeton con Morgenstein en un ambiente que estaba lleno de premios Nobel (matemáticos o economistas). Ahí están nuestras raíces.
Fuente: Página 12
En la miseria extrema / Al frente de una misión de las Naciones Unidas
Nora Bär
LA NACION
Hasta el año último, en Kolofata, una región del norte de Camerún lindante con Chad y Nigeria, en la que habitan 118.617 personas, el 95% de las cuales son iletradas, uno de cada tres chicos sufría de tracoma, infección que se manifiesta inicialmente como una conjuntivitis, pero que sin tratamiento produce una grave irritación en los párpados, ulceraciones oculares y cicatrices que pueden conducir a la ceguera.
Hoy puede decirse que gracias a la tarea denodada de un argentino, el bioquímico Pablo Goldschmidt, esa cifra acaba de reducirse casi un 80%, según una evaluación realizada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Ministerio de Salud del lugar.
"Los resultados de este proyecto de tratamientos de masas en situaciones de miseria extrema son inesperados -cuenta Goldschmidt, que reside desde hace 29 años en París y está de paso por Buenos Aires-. Los expertos de la OMS quedaron impresionados porque, con una sola visita a los pueblos, el tratamiento de todos los chicos y la educación a las mujeres y las nenas para mejorar la higiene, la prevalencia de infecciones que producen ceguera bajó casi 80%. Se esperaba un descenso del 15 al 25%."
El investigador argentino (¡que en nuestro país se recibió también de bioquímico y psicólogo entre los 21 y los 24 años!) trabaja en el Centre National des Quinze-Vingts , el hospital nacional de oftalmología de la capital francesa . Allí recibió el pedido de ayuda de las autoridades de Kolofata, un lugar en el que no existen ni electricidad ni cloacas ni agua corriente.
Hacía falta alguien que organizara la campaña de detección de tracoma y consiguiera el dinero para los tratamientos, los camiones, las motos y los enfermeros. Goldschmidt lo hizo, pero además desarrolló una formulación en gotas del medicamento empleado (la azitromicina), que evitó su desvío a los burdeles (donde se lo utiliza para tratar enfermedades venéreas, como la gonorrea y la sífilis). Esta nueva presentación, asimismo, resultó mucho más económica que la tradicional, en pastillas: 90 centavos la dosis frente a cuatro dólares.
"El tracoma es una catástrofe sanitaria -cuenta Goldschmidt-. Está considerada una prioridad dentro del grupo de las «enfermedades olvidadas», porque [en Africa, en Asia y en poblaciones aborígenes de Australia] hay ochenta millones de personas que la padecen. Este año, hay entre cinco y seis millones de ciegos por esta causa. ¡Y es una ceguera evitable con apenas 90 centavos de dólar!"
La tarea, por supuesto, no fue fácil. Tuvo que volar hasta Chad y atravesar campos minados para llegar a Kolofata, donde comandó un pequeño "ejército" de 250 agentes comunitarios que colocaban las gotas a todos los integrantes de la familia, puerta a puerta, desde el amanecer hasta el anochecer.
"Las normas aceptadas especifican que si más de un 10% de los chicos están afectados, tenés que tratar a todo el pueblo -explica-. En 2006, hicimos un estudio y encontramos un 31% de prevalencia. Tuvimos que tratar a más de 100.000 personas en tres semanas. Lo terrible de esta enfermedad es que su única manifestación son unos granitos por dentro del párpado, que se pone rugoso como un papel de lija. Si no se cura antes de los diez años, la continua fricción opacifica la córnea y sobreviene la ceguera."
Y enseguida agrega: "Construir y mantener letrinas; darles jabón a las mamás y enseñarles a usarlo para que laven las manos y las caritas de los chicos una vez por día, porque la gente que tiene tracoma no sabe lo que es el jabón. Sólo con esto, el tracoma ya disminuye a la mitad. Y si baja el tracoma, también disminuyen la polio y la lepra... Pero a nadie parece importarle..."
Fuente: La Nación
PABLO ORDAZ 01/03/2009
Patrullamos con la policía federal por uno de los lugares más peligrosos del mundo: Ciudad Juárez, en la frontera de México con EE UU. Un pozo irrespirable donde cada día se registran de media cinco muertes violentas. Es la podredumbre del narcotráfico.
Hasta hace 20 minutos tenía 14 años y se llamaba Raúl. Estaba parado en la esquina de su casa, charlando con dos amigos. Un coche apareció muy lentamente por el final de la calle llena de gente. Cuando estuvo a su altura, dos hombres -ni jóvenes ni viejos, ni guapos ni feos, nunca nadie ve nada en Ciudad Juárez- se bajaron y apuntaron sus armas sobre él. Un tiro, dos, tres...
Ahora ya no tiene 14 años ni se llama Raúl. Sólo es el último muerto de esta ciudad maldita donde el único negocio que florece es el de las funerarias. Un tiro, dos, tres... Así hasta 25. Los perros ladrando. El padre de Raúl escuchando los disparos, bajando a la calle, descubriendo justo lo que el presentimiento le iba diciendo al oído. Su hijo de 14 años, estudiante de secundaria, desplomado entre la acera y un Ford Thunderbolt de color crema. Con la cabeza destrozada a balazos.
Los perros no han dejado de ladrar ni la gente ha abandonado la calle. Jóvenes muchachos de la edad del difunto siguen charlando y comiendo helados mientras los agentes van poniendo un triángulo amarillo por cada casquillo encontrado. Veinticinco triángulos amarillos. Ninguno a más de dos metros de distancia de donde está el cadáver. Un fusilamiento perfecto. Ni la vieja chapa del Ford color crema ni las paredes de la calle Calexico han resultado dañadas. Raúl quiso huir, pero le dieron caza. Con la misma precisión que a sus dos amigos, que yacen al final de la calle, también rodeados por la curiosidad y los triángulos amarillos.
Un hombre joven fuma dentro del cordón policial. Es el padre de Raúl. Ni siquiera llora. Sólo fuma, un cigarro tras otro. Le cuenta al reportero sus últimos 20 minutos. Que escuchó los disparos. Que bajó atropelladamente temiéndose lo peor. Que se encontró a su hijo así:
"Como ningún padre querría ver nunca a su hijo. Hágase cargo. Tenía 14 años, estudiaba secundaria...".
El parte, frío, escueto, que un funcionario municipal redactará horas después sobre la "triple ejecución" hablará de un joven "que en vida respondía al nombre de Raúl Alberto Rubio Ochoa". Tiene razón. Los muertos no tienen nombre. No desde luego en Ciudad Juárez, donde este sábado de febrero escogido al azar serán ocho los jóvenes asesinados por las oscuras mafias de la droga. Ocho. No son demasiados; tres días después morirán 21. Ni demasiado jóvenes; una semana más tarde caerán seis niños bajo los disparos de tipos que siempre tienen tiempo de huir. Ocho muertos son sólo ocho líneas en cualquier periódico mexicano. Sólo si el muerto respondía en vida a un nombre famoso -un general condecorado o el jefe de un cartel principal- o si las causas de su muerte resultaron extraordinarias -lo cocinaron después de asesinarlo o lo ejecutaron tras construir un túnel para pasar droga...-, sólo entonces puede optar el difunto al raro honor de un titular en la portada de un periódico nacional. Un país donde el narcotráfico se lleva por delante a más de 6.000 personas al año -más de 16 cada día- no tiene más remedio que ir apilando tanto sufrimiento en la fosa común de las medias columnas, un pequeño trozo de papel escondido en una página par de un periódico de provincias. O hace eso -sin indagar por qué mataron a Raúl, casi un niño, sin investigar por qué su padre bajó las escaleras con el presentimiento envenenándole el aliento- o se arriesga a perder la sonrisa para siempre.
Al primer muerto del sábado lo mataron entre Marte y Saturno, una esquina a medio asfaltar de la colonia Satélite.
La llamada se produjo a las 9.45. Una ambulancia de la Cruz Roja corrió al lugar. Luego, los policías municipales. Luego, los estatales. Luego, los federales. Luego, el Ejército. Aseguraron la calle. Un agente en cada esquina. Con sus rifles Ak-47, sus AR-5, sus revólveres en la mano, sus chalecos antibalas, sus pasamontañas, su tensión que se huele... Su miedo.
- Pero si ya ha pasado todo.
- No siempre. A veces vuelven a por el cadáver.
- ¿Quiénes?
- Unas veces, sus amigos. Otras, sus rivales.
- ¿Para qué?
- Quién sabe. Unas veces, para rematarlos. Otras, los montan en las camionetas y se los llevan. Nunca aparecen. Es muy extraño.
El policía municipal que habla parece nervioso. Es un tipo bajito, mal uniformado. La canana que lleva alrededor del cinturón está medio vacía. Un cartucho sí, uno no. Todavía hoy muchos policías tienen que pagar de su bolsillo la munición que gastan. Y si por la mañana no llegan pronto al reparto de los escasos chalecos antibalas, deben salir a patrullar a cuerpo gentil, un blanco perfecto. El policía municipal va de un lado para otro. Apunta en una pequeña libreta los nombres de todos los que, policías o no, rebasan por un motivo u otro el cordón de seguridad. No llega a cruzar palabra con los agentes de otros cuerpos. Es una constante de Ciudad Juárez. Nadie se fía de nadie. Menos aquí, un lugar tristemente célebre por las decenas de mujeres que fueron asesinadas sin que aún hoy se conozcan los motivos ni los culpables. Hay además datos muy claros de que el narcotráfico tiene voluntades compradas entre los policías, entre los jueces, entre los políticos, entre los periodistas. Las miradas dicen: sabemos a quién pertenece tu uniforme, pero no a quién perteneces tú. No es nada personal. Sólo cuestión de supervivencia. La noche anterior, cuando el reportero llega al aeropuerto de Ciudad Juárez, dos agentes federales lo esperan a pie de avión. Han recibido la orden de escoltarlo durante el fin de semana, integrarlo en una de las patrullas de fuerzas especiales que recorren día y noche la ciudad en busca de sicarios. Pero cuando va a abandonar el aeropuerto, dos soldados le piden que abra la maleta y la mochila en la que transporta el ordenador portátil. Uno de los federales trata de aliviar el trámite y se dirige al militar:
- No se preocupe, oficial, viene con nosotros.
- Claro que sí. Pero tiene que abrir el equipaje.
- Pero
- Tiene que abrir el equipaje.
Nada personal. Sólo eso: nadie se fía de nadie. ¿O no es por los aeropuertos de México, y bajo la supervisión de agentes de la ley, por donde toneladas de droga y sustancias químicas ilegales entran en el país? La escena se repite dos o tres veces durante el fin de semana. Cada vez que el patrullero pasa por un puesto de control militar, los soldados lo paran y lo revisan como si se tratara de un vehículo particular. O tal vez más.
- ¿Adónde se dirigen?
- Vamos a instalar un control de carros robados a dos kilómetros de aquí.
- Correcto. Bájense y abran la cajuela.
El policía abre el maletero. El soldado mete la cabeza, casi olfatea el interior. Ni hay tensión ni deja de haberla. Los soldados no sonríen. Los federales tampoco. Es una guerra extraña la que vive México. Las bajas se cuentan por decenas, todos los días, como en cualquier guerra. Pero aquí no hay dos bandos. Hay muchos, y andan disfrazados.
- Está bien. Pueden continuar.
Unos metros más allá, el federal que hoy conduce el patrullero - un joven simpático que cita a los clásicos- le explicará al reportero por qué, aunque íntimamente les fastidie, obedecen a pie juntillas las instrucciones de los militares. Aparca el vehículo en el arcén, junto a la valla que delimita un depósito de vehículos. Parece uno de los muchos cementerios de automóviles destinados a chatarra que afean la ya de por sí poco agraciada Ciudad Juárez. Pero no. Es distinto. Aquí vienen a parar los carros incautados al narcotráfico o sujetos, como parte de la prueba, a algún proceso judicial. Los hay nuevos y viejos. Lujosos -allá al final se ve una Hummer en aparente buen estado- y simples utilitarios. El agente señala un todoterreno, varado no muy lejos de la carretera. Tiene, como muchos otros, la chapa agujereada por los tiros gruesos de los rifles de asalto. Pero es distinto. Es un vehículo oficial, un patrullero de la policía municipal. No le queda un trozo de chapa sano.
- ¿Una emboscada de los narcos?
- No. Los militares tenían instalado un control. Les dieron el alto. Los policías no quisieron parar. Los militares abrieron fuego. Los mataron a los dos.
Nada personal.
La una de la madrugada. Hotel Chulavista. Está cortado por el mismo patrón que los moteles americanos de carretera. Una recepción, un comedor y una serie de habitaciones alrededor de un aparcamiento. Ni bonito ni feo. Vulgar. Discreto. Hasta no hace mucho, un buen negocio. "Los que más nos visitaban", explica el camarero, "eran puros gringos. Parejas que cruzaban desde El Paso, aparcaban el carro en la puerta de la habitación y sólo salían un rato a cenar algo o a emborracharse a buen precio. Ya casi no viene ninguno. Les da miedo". Ciudad Juárez y también Tijuana, en la costa del Pacífico, constituían las míticas fronteras donde la fiesta sin tregua -el alcohol, el juego, los clubes de alterne- atraía cada fin de semana a cientos de turistas norteamericanos. Nunca fueron ciudades exquisitas ni bendecidas por el Vaticano, pero sí razonablemente seguras. De eso dependía el negocio. Ahora, muchos de los restaurantes ya han cerrado, los prostíbulos sólo atraen a clientes locales y desesperados, y la única ruleta que gira día y noche es a vida o muerte. El hotel Chulavista estaba prácticamente desahuciado. Pero entonces llegaron los federales.
Las fuerzas especiales. Muchachos jóvenes -casi ninguna mujer- procedentes en su mayoría de las filas del Ejército. Sus sueldos son bajos, pero para poder lucir ese uniforme azul han tenido que pasar exhaustivos exámenes de confianza, incluida la prueba del polígrafo. Según ha llegado a admitir Felipe Calderón, el presidente de México, más de la mitad de la policía mexicana "no es recomendable". Hay casos, como el de Tijuana, donde se detectó que nueve de cada 10 policías locales habían sido comprados por el narcotráfico. Incluso entre los 11.000 federales recién contratados, la mitad resultó ser de moral distraída. Se supone que estos que ocupan el hotel Chulavista de Ciudad Juárez pertenecen a lo mejor de cada casa, pero, por si acaso, sus jefes nunca le dicen por dónde patrullarán cada noche o a qué tipo de malandro van a intentar detener. Van y vienen de sus habitaciones al comedor uniformados al completo, chaleco antibalas incluido, y con el rifle AR-15 en bandolera. Sus mandos les dan el tiempo justo para comer algo y dormir un rato. El resto de la jornada lo emplean en recorrer la ciudad de cabo a rabo. Sus vehículos son camionetas pick-up de doble cabina. Ellos ocupan la parte de atrás, siempre de pie, con el dedo en el gatillo de sus armas y el pasamontañas hasta la nariz. Vigilando, siempre vigilando.
- ¡Nos vamos! Esta noche nos acompañará un periodista español. Si hay suerte y detienen a algún delincuente, no me lo golpeen demasiado... Háganme ese favorzote, muchachos.
El oficial subraya la broma guiñando el ojo detrás del pasamontañas. Los muchachos se ríen. Será el único momento de relajación en cinco horas. Las camionetas de los federales se sumergen en la noche de Ciudad Juárez, cruzan a todo trapo avenidas casi vacías y se adentran por colonias polvorientas, sin pavimentación, donde sólo los perros con sus ladridos parecen reconocerlos. Al fondo se distinguen las luces de El Paso, al otro de lado de la frontera. El Paso es una de las ciudades más seguras de Estados Unidos. Ciudad Juárez, la más violenta de México. En El Paso, como en toda la frontera, se venden armas de grueso calibre sin ningún impedimento. Aquí se mata con ellas. Los policías se adentran en una de las colonias más peligrosas. Se sienten observados, por eso circulan sin luces, guiados por un agente local con un mapa y una linterna. El oficial comenta en voz muy baja:
- Esta noche vamos a hacer dos o tres cateos. Hemos recibido varios pitazos [chivatazos] sobre gente que podría estar vendiendo droga y armas.
Llegan al primer objetivo. Empieza un baile muy bien ensayado que se repite en cada registro. Los agentes saltan de las cuatro camionetas. Unos corren hacia las esquinas para asegurar el trabajo de sus compañeros y prevenir emboscadas. Los oficiales que van a penetrar en la casa -una especie de cortijo desvencijado- desenfundan sus armas cortas y quitan el seguro. Cada uno de ellos va escoltado por dos o tres compañeros con rifles de precisión. El puntito rojo de la mira se pasea por una pared que supo de mejores tiempos. Un perro encadenado parece enloquecer. Sale un hombre a la puerta de la casa. Descalzo. Despeinado. La camisa por fuera del pantalón.
- ¡Alto! ¡Federales!
El registro no dura más de 10 minutos. No parece que el dueño de la casa sea un narcotraficante. Parece más bien un nómada incómodo al que algún vecino quiere perder de vista denunciándolo a la policía. Hay niños por todos lados. Niños mal vestidos, niños canijos y sucios que juegan con juguetes rotos y que observan a los policías con serenidad, como si ya los hubieran visto más veces, como si formaran parte del juego al que están predestinados a jugar. "Negativo. No hay nada, ¡vámonos!". La acción se repite dos veces más. Dos cateos. Dos negativos. Ha sido una noche tranquila que ha terminado en empate. No han detenido a nadie, pero tampoco se ha reportado ninguna baja.
Vuelta a la base. Mañana será otro día.
Dos horas después suena el teléfono de la habitación. "Han encontrado a tres muchachos ejecutados en la puerta de una discoteca. ¡Nos vamos!". La misma historia del día anterior. La ambulancia. La policía local. La policía estatal. La policía federal. El Ejército. Y esperándolos a todos, sin inmutarse, la muerte.
Tres jóvenes. Boca arriba. Cada uno con su ración de plomo. Se parecen al joven ultimado en la colonia Satélite. Detallistas de la droga, camellos, narcomenudistas. Como mucho, aprendices de sicario. Clase de tropa. Carne de cañón. El perfil de las bajas del narcotráfico en México es el de jóvenes captados por los distintos carteles de la droga que luchan entre sí para afianzar su predominio en las plazas. No sólo han muerto en la frontera con Estados Unidos. También en la que separa un antes y un después de la historia de la droga en México. Lo que había hasta ahora está muy claro. Basta comprarse un CD de los Tigres del Norte o de los Tucanes de Tijuana para conocer las historias cotidianas del negocio o las leyendas de los grandes narcotraficantes como Amado Carrillo Fuentes, jefe hasta su muerte del cartel de Juárez. Le llamaban El Señor de los Cielos. De él se dice que tenía una docena de Boeing 727 con los que introducía cocaína en Estados Unidos. La épica de la frontera. Las reglas. El respeto. La complicidad de los gobernantes. Tú hasta aquí y yo hasta allí. Y como último recurso, la muerte. La muerte como herramienta de trabajo, de poder, de advertencia.
Todo eso se acabó hace algo más de un año. La versión oficial es que tantos años de complacencia con el crimen organizado habían llegado a horadar los cimientos de la República y amenazaban con privatizar el país en su beneficio. "Los señores de la droga ya estaban tocando las puertas de Los Pinos [la sede de la presidencia de la República]", dice a media voz uno de los hombres más poderosos de México. "O los combatíamos o les entregábamos el país. Ya eran dueños de algunos cuerpos enteros de policía que trabajaban para ellos y no para los ciudadanos". El caso es que el presidente, Felipe Calderón, tocó zafarrancho de combate. Hace de eso un año, dos meses y 7.000 muertos.
La furgoneta blanca del depósito de cadáveres llega al lugar de la triple ejecución. Se coloca junto a la ambulancia de la Cruz Roja. "El día que más miedo pasé", comenta una enfermera del servicio de urgencias, "fue hace sólo unos meses. Recibimos el aviso de que había un joven malherido tirado en la calle. Acababa de ser víctima de un ataque armado. Fuimos hacia allá y llegamos cuando todavía respiraba. No había tiempo que perder. Lo metimos en la ambulancia y salimos corriendo hacia el hospital. A medio camino se nos cruzaron dos furgonetas con los cristales oscuros. Bajaron tres o cuatro encapuchados, nos apuntaron en la cabeza al chófer y a mí y nos dijeron que nos estuviésemos quietos. Fueron a la parte de atrás, sacaron al herido y le dieron el tiro de gracia en medio de la calle. Mira, te lo estoy contando y aún se me eriza la piel. Antes de irse aún tuvieron tiempo de amenazarnos. Nos dijeron que, por nuestro bien, la próxima vez no tuviésemos tanto interés en llegar tan rápido...". Los dos grandes hospitales de la ciudad también han sido escenario de irrupciones violentas de sicarios que buscaban rematar un trabajo mal terminado. En una ocasión, y en previsión de que eso sucediera, el juez colocó a dos policías custodiando la puerta de urgencias. Por si llegaban los sicarios.
Llegaron. Mataron a los dos policías. Entraron en el hospital. Remataron al herido. Y se marcharon.
El jefe de la policía científica se dirige a los muchachos de la furgoneta blanca:
- Ya os los podéis llevar.
Los curiosos le echan un último vistazo. Certifican que los asesinados no son del barrio. De igual forma, unas horas antes, los vecinos de la colonia Satélite juraron que el primer muerto del sábado -chándal azul celeste, manos atadas a la espalda con una cuerda amarilla- jamás había sido visto por allí. Hay un testigo que dice haber observado cómo arrojaban al muchacho del chándal desde un vehículo, todavía vivo, y lo remataban en el suelo.
- ¿Y cómo era el carro?
- No me acuerdo, jefe.
- ¿Grande o pequeño?
- Normal.
- Y a éste -dice el policía señalando al muerto- ¿lo habías visto antes por aquí?
- Nunca. No es de aquí.
El procurador general de la República, Eduardo Medina Mora, maneja un dato estremecedor:
- Al 40% de los que mueren no los reclama nadie.
Fosas comunes. Esquinas de papel en los diarios. Y la batalla que no cesa. Todos los días, el Gobierno de México distribuye una serie de comunicados -partes de guerra- que dan cuenta de la incautación de armas, de la intervención de droga, de la detención de sicarios. Pero al día siguiente, invariablemente, los noticieros hacen recuento de las bajas, y raro es el día que no superan las dos cifras. Diez en Ciudad Juárez. Cinco en Tijuana. Dos en Culiacán. Total: 17. Hay ciudades marcadas por la tragedia diaria. Suelen ser las sedes fronterizas de los antiguos carteles de la droga, hoy atomizados por las guerras entre sí y por el embate del Estado, pero también se producen bajas muy cerca del mar Caribe, a pocos metros de las palmeras y los hoteles de lujo. El goteo es continuo y, aun así, nunca faltan nuevos soldados dispuestos a morir.
La caravana de federales regresa al hotel Chulavista. Un semáforo en rojo. De pronto, como surgido de la nada, un joven se acerca corriendo. Dos federales lo apuntan con sus armas. El muchacho parece muy nervioso. Discute con los policías del primer vehículo, que finalmente acceden a que suba con ellos. La caravana aborta el regreso a la base y se dirige ahora, a toda prisa, a una colonia cercana. Al parecer, el muchacho ha sido víctima de un robo. Unos jóvenes le han quitado su vehículo a punta de pistola. Pero mientras regresaba a su casa, a pie y asustado, ha creído ver a uno de los asaltantes meterse en una casita de una planta, como casi todas las de Ciudad Juárez. Los federales llegan al lugar indicado. Se bajan de las camionetas y rodean el inmueble. Mientras tres agentes, acompañados del denunciante, entran en la casa, otros aseguran la zona y revuelven en la basura. La operación es rápida. Los que han entrado en la casa salen con el sospechoso agarrado del cuello. La víctima lo ha reconocido. Los policías que se quedaron en la puerta también tienen su botín. Acaban de encontrar las matrículas del vehículo sustraído. El interrogatorio se hace en caliente. La madre del muchacho sale a la puerta y le pide al oficial, con una sonrisa en la boca:
"No sea malito, jefe, no me lo golpeen".
El muchacho delata a un cómplice, y éste a otro, y el tercero habla de un tal? El vehículo es por fin recuperado. Casi al alba. Los policías se muestran exultantes, aunque el paisaje de fondo no es muy alentador. Chavales que manejan pistolas, roban coches, merodean por las calles sin asfalto en busca de su próxima víctima. El 40% de los muchachos de Ciudad Juárez ni estudia ni trabaja. Una buena parte sólo espera su turno de matar o morir. Su sueño es un carro del año, un buen revólver con las cachas de oro. Muchos mueren así, con el sueño de que un cantante famoso de narcocorridos le dedique una letra bien chingona a cada uno de ellos.
La patrulla regresa al hotel. Ya se divisa el alba cuando la voz del comandante da un nuevo parte:
"Se acaba de recibir un aviso. Han encontrado el cuerpo calcinado de un hombre encima de un contenedor de basuras. Diríjanse a la calle...".
El octavo muerto de este fin de semana tampoco tendrá nombre.
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© Diario EL PAÍS S.L.
Por Eduardo Videla
Por primera vez, un sacerdote católico y un rabino prestaron testimonio en forma conjunta en una causa en la que se denuncia a una empresa de indumentaria que habría utilizado en su línea de producción mano de obra en condiciones de semiesclavitud. La empresa involucrada es Kowsef SA, fabricante de prendas con la marca Kosiuko, cuyos directivos –de acuerdo con los testimonios– habrían quedado enredados en su propia telaraña: intentaron promover un monitoreo externo de su actividad para descartar cualquier posibilidad de trabajo en condiciones de servidumbre, con la auditoría de organizaciones sociales, y terminaron negando el derecho a una indemnización a dos trabajadores bolivianos, inmigrantes ilegales despedidos en uno de los talleres subcontratados que trabajan para esa marca. La denuncia que presentará hoy la defensora del Pueblo porteño, Alicia Pierini, ante la Justicia federal incluye el testimonio del cura Mario Videla, miembro de la Comisión Pastoral de Migraciones del Episcopado, y el rabino Damián Karo, de la Fundación Judaica, responsable del Templo de la calle Paso, en el barrio de Once, quienes participaron del frustrado intento de monitoreo de la empresa. Hoy a las 19, miembros de las organizaciones denunciantes se movilizarán ante uno de los locales de la marca, en Santa Fe y Callao, para respaldar la denuncia.
La marca Kosiuko ya había sido denunciada en 2006 por la Fundación La Alameda, que nuclea a costureros y denunciantes de situaciones de explotación ilegal de inmigrantes. En esa causa es querellante el gobierno porteño, por la presunta infracción de “obstrucción de inspección”.
A principios de septiembre del año pasado –dos años después de aquella denuncia–, el responsable de la firma Kowsef SA, Federico Bonomi, intentó un acercamiento con los denunciantes: lo hizo a través de Sergio Tosunian, quien se presentó como directivo de la asociación civil Interrupción, y promovió un encuentro con dirigentes y representantes legales de La Alameda.
Ante la propuesta, el presidente de la cooperativa La Alameda, Gustavo Vera, puso como condición la participación de un sacerdote católico y un rabino, como garantes de cualquier acuerdo al que se pudiera arribar. De esa manera se llegó a la primera reunión, el 30 de septiembre de 2008.
De ese encuentro participaron, además de Bonomi, de Kosiuko, Vera, de La Alameda y Tosunian, de Interrupción, el sacerdote Mario Videla, director de Migraciones del Arzobispado porteño, y Gabriel Seisdedos, representante de la Fundación Judaica, que dirige el rabino Sergio Bergman. La reunión se hizo en la parroquia Nuestra Señora Madre de los Inmigrantes, ubicada en la calle Necochea al 300, en el barrio de La Boca. Para no ser menos, el empresario Bonomi también concurrió acompañado de un cura de su confianza, Ramón Abeijón Umpiérrez.
En esa ocasión Tosunian manifestó que estaba interesado en “encontrar un mecanismo de certificación de que no había trabajo esclavo en la producción de prendas”, según declaró el sacerdote Mario Videla. Fue así que en esa primera charla los participantes comenzaron a discutir mecanismos para llevar a cabo el diagnóstico del trabajo en los talleres de la empresa y la posterior certificación, a cargo de especialistas en asuntos laborales. Con ese objetivo estaba presente en la reunión el abogado Fernando Gelfo, que fue funcionario de la Dirección de Protección del Trabajo porteño durante la gestión de Jorge Telerman y ahora integra la Fundación La Alameda.
La segunda reunión se hizo en octubre, en la sinagoga ubicada en Paso y Corrientes, donde se sumó a la mesa el responsable del templo, el rabino Damián Karo. En esas reuniones, según las declaraciones testimoniales, Bonomi manifestó que la empresa tenía setenta talleres, donde –aseguró– no había trabajo esclavo. Invitó a todos a visitar esos talleres, aunque no llegó a proporcionar las direcciones de los mismos. Y aseguró que si durante esas visitas “se encontrara trabajo no digno en alguno de ellos, no lo toleraría y desafectaría los talleres inmediatamente”, recordó el rabino Karo.
Las reuniones continuaron y en enero, sin que hubieran empezado las visitas a los talleres de Kosiuko, se presentó en La Alameda una pareja de trabajadores de nacionalidad boliviana. Denunciaron que habían sido traídos bajo promesa de buena fe pero terminaron trabajando bajo un régimen de servidumbre en un taller ubicado en el barrio de Flores, que trabaja para la firma Kosiuko. Oscar Mamani y Concepción Pajarita Marca, los dos costureros, relataron que habían trabajado durante un año en el taller ubicado en Crisóstomo Alvarez al 3900, donde cumplían un horario de 7 a 22 y dormían o descansaban el resto de las horas en un cuartito que ellos mismos construyeron en ese lugar. Dijeron haber cobrado entre 600 y 900 pesos mensuales, que sólo podían salir de allí después del sábado al mediodía y el domingo, y denunciaron que los echaron sin pagarles ninguna indemnización. La pareja quería volver a Bolivia, donde quedaron sus hijos, y no tenía medios para regresar.
Al conocer la situación, los integrantes de la mesa de diálogo convocaron a una nueva reunión. Fue el 9 de enero, en la parroquia de los Inmigrantes. Esta vez no concurrió Bonomi sino, en su representación, Marcelo Gallardo, gerente general de Kowsef SA. También estaban los dos trabajadores bolivianos, que volvieron a relatar su situación. Allí relataron que el taller donde trabajaban recibía las prendas a confeccionar de otro taller, y que las confecciones terminadas eran retiradas por la encargada de ese lugar, a quien conocían como Andrea, con un apellido oriental.
Según coinciden los participantes, Gallardo aseguró que el taller no trabajaba para su firma. Y cuando Concepción Pajarita le mostró una de las etiquetas con la marca Kosiuko que ellos colocaban en las prendas que fabricaban, el representante de la empresa sugirió que podrían ser falsificadas. Entonces, delante de todos los presentes, la mujer le pidió a Gallardo que mostrara la etiqueta de la remera que llevaba puesta, de la misma marca. Así todos pudieron ver que eran iguales y que la única diferencia era un número que identificaba el taller donde se confeccionaba. Las etiquetas de Mamani y Pajarita pertenecían al taller número 14. También mostraron moldes para la confección, los mismos que distribuye la empresa entre sus talleres.
“Entonces, Gallardo se comunicó por handy con gente de la empresa, y le confirmaron que el taller 14 está a cargo de una tal Andrea, cuyo apellido es Miyawawa”, relató a Página/12 Gabriel Seisdedos, de la Fundación Judaica, uno de los presentes en la reunión.
“Ese taller, registrado por la empresa, tercerizaba su producción en otros, no registrados”, explicó Vera, de La Alameda. La Ley de Trabajo a Domicilio, de todas formas, haría responsable a la empresa principal por las irregularidades cometidas.
Ante las evidencias, la empresa aceptó indemnizar a la pareja. Gallardo propuso una suma de 20 mil pesos, que fue rechazada por los abogados que asesoran a La Alameda: estimaban que correspondían, para los dos trabajadores, unos 71.000 pesos. “Finalmente, en una reunión posterior, donde no vino el señor Gallardo, Tosunian, de la Asociación Interrupción, manifiesta que la empresa está dispuesta a pagar 51.000 pesos”, relató Seisdedos.
El pago nunca se hizo efectivo y entonces se inició un cruce de telegramas que dio por finalizadas, en forma automática, tanto las negociaciones por el caso de la pareja de costureros como por la certificación de los talleres de Kosiuko. Ante el conflicto, la asociación Interrupción informó que Tosunian ya no pertenecía a su directorio aunque realizaba consultorías para la entidad.
Pero las cosas no quedaron ahí. La fundación La Alameda llevó la denuncia a la Defensoría del Pueblo porteña, que citó a declarar a Mario Videla, a Damián Karo y a Gabriel Seisdedos. También incorporaron un video tomado por una cámara oculta por los trabajadores despedidos, cuando fueron a buscar sus pertenencias, donde quedarían en evidencia las condiciones del lugar donde trabajaban. A partir de esas declaraciones, los abogados de la Defensoría presentarán hoy una denuncia penal por el delito de reducción a la servidumbre, y por infracción a las leyes de Migraciones y de Trabajo a Domicilio. La denuncia podría unificarse con la causa iniciada en 2006, que tramita en el juzgado federal a cargo de Julián Ercolini.
En tanto, Concepción y Oscar, los inmigrantes involucrados en el caso, están albergados provisoriamente por la Organización Internacional para las Migraciones.
La inversión duplica los subsidios por la sequía y sextuplica la ayuda a Tartagal. Los beneficiarios de la licitación son empresarios pingüinos y menemistas. El centro del proyecto es una gran sala sinfónica de conciertos. Damián Glanz.
Nos toca un año difícil, el más difícil de los últimos cien años.” (Néstor en Palpalá)
“Me hierve la sangre cuando veo tanta pobreza.” (Cristina en Olivos)
La misma semana que en la quinta presidencial se comprometió a redoblar sus esfuerzos para combatir la “pobreza estructural” –víctimas de “tanto abandono y tanta injusticia”–, Cristina Kirchner le adjudicó a un consorcio de empresas amigas del gobierno K la obra de remodelación del Palacio de Correos que servirá como sede de la Orquesta Sinfónica Nacional. El denominado Proyecto del Centro Cultural del Bicentenario –conocido también como la fiesta de Vicente Nario– costará más de 926 millones de pesos, una cifra que equivale a la mitad del aumento anunciado para los planes sociales. La Presidenta prometió que será el símbolo arquitectónico de los festejos de la Revolución de Mayo. Y es un emblema: el inicio de los trabajos fue prometido hace más de cinco años, el monto adjudicado es 34 por ciento superior al presupuesto oficial calculado un año atrás y el propio Gobierno admite que el edificio no estará terminado para 2010, cuando se cumplan 200 años de la instauración de la Primera Junta.
El martes de 10 febrero se publicó en el Boletín Oficial la resolución 1517/2008 del Ministerio de Planificación Federal que resolvió otorgar el contrato a las empresas Esuco y Riva. La primera pertenece al presidente de la Cámara Argentina de la Construcción, Carlos Wagner, un viejo conocido del matrimonio presidencial, beneficiario preferencial del reparto de la obra pública K. La otra compañía es de Amadeo Riva, un empresario que desde los 90 mantiene estrechos lazos con el Estado (ver aparte). La adjudicación fue el cierre de un proceso que lleva más de cinco años.
La obra del Correo Central bate todos los récords de promesas postergadas o incumplidas de la era K. Fue planificada para una época de “vacas gordas”. En septiembre de 2003, el entonces ministro de Economía, Roberto Lavagna, junto al ex secretario de Cultura, Torcuato Di Tella, comenzaron delinear el proyecto. Un año más tarde, Lavagna lo anunció públicamente y el 1 de marzo de 2005 Kirchner firmó el decreto para transformar el palacio construido entre 1889 y 1928. Las fotos comenzaron a acumularse. Al mes siguiente, Lavagna y José Nun, el sucesor de Di Tella, lanzaron una consulta de ideas para la intervención urbana. Los ganadores fueron seleccionados en septiembre de 2005 y en marzo de 2006 se realizó el concurso internacional para decidir el proyecto. En medio de la campaña electoral, la entonces senadora Cristina Fernández y el otrora jefe de Gobierno Jorge Telerman presentaron el “master plan” en septiembre de 2007. “Yo sueño para 2010 lo que podría ser una conmemoración física de un espacio público concreto, donde todos los argentinos y todas las argentinas podamos reconocernos en un acto de reflexión en estos 200 años que va a cumplir nuestro país”, dijo ese día la ahora jefa de Estado. Hubo muchas fotos más. En noviembre, el ministro de Planificación llamó a licitación para realizar la obra y en marzo del año pasado, ya como Presidenta, Fernández de Kirchner encabezó la apertura del sobre Nº 1 del concurso en la Casa Rosada.
Todas las instancias del proceso tuvieron su show. Menos una: la adjudicación. El 29 de diciembre, cuando De Vido firmó la demorada adjudicación no hubo cámaras ni públicos. Sólo un par de amigos. En noviembre de 2007, el Ejecutivo había valuado los trabajos en 709,3 millones de pesos. Un año más tarde convalidó el presupuesto ofrecido por Esuco-Riva de 925,8 millones de pesos: 241,4 millones de pesos más (ver aparte). Las otras empresas que participaron del concurso habían presentado propuestas sensiblemente superiores: las firmas Roggio y Caputo ofrecieron $ 1.220.165.610,13 y el consorcio integrado por Iecsa, Dycasa, Isolux y Calcaterra propuso hacer el centro cultural por $ 950.733.187,79.
Las constantes demoras en la concreción del proyecto emblemático del Vicente Nario provocaron otro defasaje, además de la diferencia presupuestaria. La puesta en marcha del plan coincide ahora con la “crisis del siglo”. Cuando fue pensado, los autores del Proyecto CCB se preguntaron sobre la necesidad de construir una sala sinfónica para Buenos Aires. “Sin duda, la amplia comunidad musical de la ciudad lo considera indispensable. El Teatro Colón, aunque ofrece excelentes condiciones para la música sinfónica, es un teatro lírico, y sólo eventualmente presta su sala para otras actividades”, justificaron en el cuadernillo de presentación. Ahora, la pregunta es acerca de la oportunidad.
Ayer, al llegar a Tres Arroyos, la Presidenta dio una señal sobre los criterios redistributivos del gobierno nacional. Refiriéndose al paro que realizó el campo la semana pasada, dijo: “Cuando un sector que se puede dar el lujo de no vender sus productos nos parece que ha tenido rentabilidad, no nos molesta, nos parece bien, porque son argentinos pero tienen que comprender que hay otros sectores de la sociedad que necesitan mucho más ayuda y destinar esos recursos públicos a los sectores más vulnerables”. La comunidad sinfónica, agradecida.
Fuente: Crítica Digital