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CIELO Y TIERRA - ¿QUIÉN DIJO QUE TODO ESTÁ PERDIDO?

La crisis global es cada día más peligrosa

Un mundo al rojo vivo
La debacle financiera, energética y climática alcanzó esta semana picos de gravedad que aumentan la probabilidad peligrosos enfrentamientos. La presidenta argentina se los dijo en la cara.
Por Diego Ghersi | Desde la Redacción de APM
Los que enseñan historia suelen sostener que de las crisis económicas se sale con una guerra y les basta citar un solo ejemplo: la Gran Depresión derivada del “Crack de 1929” fue el origen de la Segunda Guerra Mundial.

En los últimos días muchas son las señales que podrían pasar desapercibidas desde el marco de la información mosaico –inconexa- que los medios de prensa “independientes” y hegemónicos, distribuyen en forma constante entre millones a de personas en todo el mundo.

Encadenar esos hechos aislados requiere imaginación y esfuerzo. Aún así hay que intentarlo.

Considerando que las piezas del rompecabezas se han hechos visibles en el último mes, cabe preguntarse si las sociedades opulentas están preparadas para soportar que la presidenta de la “tercermundista” Argentina cruce dialécticamente al primer mandatario francés y deje al descubierto que las metodologías anticrisis que se intentan imponer en Europa están equivocadas.

Si a los europeos les costaba antes digerir a la Argentina en el G-20, si lo toleraban por dar una imagen plural del organismo, es probable que ahora, sería oportuno que comiencen a aceptar que fue Cristina Fernández quien esta vez intento abrirle lo ojos.

Agreguemos a esto que las naciones de la Unión Europea se quejan –con un rostro tan pétreo que causa casi vergüenza ajena- de que el MERCOSUR impone barreras a sus productos, y olvidan que durante décadas han ignorado – hoy mismo lo hacen- los pedidos sudamericanos de interrumpir las subvenciones a sus propios productos agrícolas.

La cuestión de fondo es que Europa necesita colocar en Sudamérica sus saldos exportables. De esa forma se mantendría el pleno empleo y el ingreso de divisas a costa de la desocupación y el endeudamiento de buena parte de América Latina. En otras palabras se trata de exportar la crisis enviándola lo más lejos que se pueda.
También cabría interrogarse acerca de si Washington está preparado para admitir que un país emergente como Brasil abogue por el diálogo a favor del desarrollo nuclear pacífico de Irán; encuentre alternativas viables acercándose a Turquía; deje en ridículo a la diplomacia estadounidense y proponga la igualdad de derechos de las naciones para ensayar con tecnologías de avanzada.

O si la Casa Blanca está dispuesta a soportar que un mandatario “simpático” como Luiz Inacio Da Silva cometa el sacrilegio de decir al éter que “la única manera de garantizar la paz es que todos destruyan sus arsenales nucleares”.

La respuesta a la movida turco-brasileña llegó desde el Consejo de Seguridad de la ONU, con la aprobación de más sanciones para Irán.

La medida involucra la revisión de buques de esa bandera en aguas internacionales por fuerzas navales de Estados Unidos. Toda una provocación surgida de un verdadero cachetazo a lo que menos parece interesar: la resolución de conflictos por medios diplomáticos. ¿Está decidida ya la caída del gobierno Iraní?

Frente a ello, Teherán reaccionó al instante. El comandante de la Armada del cuerpo elite de los Guardianes de la Revolución Islámica, general Ali Fadavi, advirtió de que si Estados Unidos y sus aliados inspeccionan a los barcos iraníes en aguas internacionales, "recibirán una respuesta adecuada en el golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz". Entiéndase que puede reemplazarse libremente “respuesta adecuada” por “lluvia de plomo” sin cambiar un ápice el sentido de la frase entera.

Acoplado con esta situación habría que considerar otra noticia que en los últimos días tuvo muy poca trascendencia: el gobierno turco prohibió a Israel el uso de su espacio aéreo para vuelos militares o, lo que es lo mismo, privó a Tel Aviv de un posible corredor de ataque indirecto a las plantas de desarrollo nuclear iraní.

La relación entre ambos países viene muy resentida desde el sangriento abordaje de un buque humanitario turco con destino a la Franja de Gaza –territorio sitiado por Israel-, por parte de marinos israelíes.

Todas las acciones citadas son maniobras hacia posiciones relativas favorables con vistas a un escenario bélico en construcción cuyo epicentro es, sin duda, el gobierno de Teherán.

Sin embargo, y a diferencia de la invasión a Irak del año 2003, un ataque a Irán está privado de justificaciones por una doble inhibición.

En primer lugar se trata de un gobierno iraní democrático y, en segundo, no cuenta con “probadas” reservas de armas de destrucción masiva -en este caso de carácter nuclear-, lo que obligaría a utilizar nuevamente la mentira de asegurar sin pruebas su existencia, repitiendo así el escandaloso “affaire” armas químicas de Irak.
No solo eso. A diferencia de un inflexible Irak de preguerra, Teherán demostró ser permeable a iniciativas más justas, como la pergeñada por la dupla Ankara-Brasilia, abortada por el Consejo de Seguridad de la ONU.

Hasta aquí, todos estos elementos permiten aproximar la idea de que la hegemonía -tal cual se daba desde la Segunda Guerra Mundial- está resquebrajándose a pasos agigantados.

El multilateralismo -tolerado en las Cumbres como teoría discursiva- difícilmente es digerido en las prácticas y las acciones proviolencia ganan por varios cuerpos a las alternativas diplomáticas.

Las explicaciones son distintas para los diferentes actores.

Mientras que un ataque a Irán sería para Israel una cuestión de “supervivencia”; para Estados Unidos es una cuestión ligada a la energía, por el control del petróleo iraní, y también económica, por la continuidad de los negocios de su desmesurado aparato militar industrial.

Por su parte, para la UE la cuestión pasa también por la energía, dado que actualmente depende de los envíos de gas y petróleo que circulan por territorio ruso y por ende su continuidad queda inadmisiblemente supeditada al buen o mal humor de Moscú.
La locura probélica puede comprobarse también en otras latitudes.

En efecto, los pueriles intentos de la Casa Blanca para lograr el reconocimiento latinoamericano de un “Gobierno Hondureño” - tal cosa significaría convalidar una nueva técnica de golpe de Estado-, pone en evidencia las contradicciones discursivas de Washington. Si por un lado se aboga por más “Freedom & Democracy” no se puede por otro amparar internacionalmente a golpistas.

La actitud de la Casa Blanca en el caso hondureño acrecienta la brecha que separa a Estados Unidos del resto de América, ya bastante grande desde el asentamiento de fuerzas militares de ese país en bases cedidas por Colombia y la correspondiente militarización de la región.

Más lejos aún hay que mencionar la tensión creciente en la península coreana, donde parece reflotarse un enfrentamiento de la Guerra Fría, que disimula una puja sino-rusa –estadounidense con vistas al control hegemónico mundial a mediano –casi corto- plazo.

Pero la crisis no es solo de dinero, ni sólo de energía sino que también es del ecosistema y, en ese sentido, la noticia silenciada de esta semana es que una proyección hipotética de la deriva del derrame en el Golfo de México –en caso de no poder controlarse próximamente- supone a la mancha de crudo esparciéndose por amplias extensiones del Atlántico Norte y bañando las costas de Europa, desde la península Escandinava hasta Gibraltar.

Si bien este es un escenario extremo, cierto es también que nadie tiene idea del caudal vertido y menos aún de cómo detenerlo. No resulta menos catastrófico lo que ya es una realidad: el derrame ya afecta a Cuba y plantea a Washington un conflicto internacional de difícil resolución. Y cada minuto ese problema se agrava más y más.

La figura que aparece uniendo las piezas examinadas del rompecabezas es digna de un relato de ciencia ficción: países que no encuentran mecanismos de acuerdo jugando con armas de masivo poder destructivo, mientras medio planeta se desangra y produce la mayor catástrofe ecológica de la historia humana.
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